Náufragos de la Tierra

«Es en el mar, y no en la tierra, donde mejor puede experimentarse el encuentro con la naturaleza salvaje, pues en ningún otro lugar se revela con tanta claridad la vulnerabilidad y la insignificancia del ser humano frente a la inmensidad de una naturaleza que jamás podrá someter.»

Marta Tafalla, artículo «Darwin, Melville y el lugar del ser humano en la naturaleza»

 

Un náufrago, una isla. El mar, la tierra. Lo finito y lo infinito. El azul y el rojo. La tortuga roja de Michael Dudok de Wit es una obra que contiene en su delicado minimalismo un universo entero. Esta poesía audiovisual logra unir gracias a sus oleadas de versos lo que a simple vista nos parece ajeno, separado.

No somos ajenos a la tierra, ni a sus seres. Estamos unidos a ella, fusionados con ella. Interconectados.

El náufrago que llega a la isla se desespera por volver a la civilización. Aquella a la que él cree pertenecer, esa parte del mundo que no le es extraña. Una vez y otra y otra intenta escapar del islote al que el destino le ha llevado, pero, una vez y otra y otra una gran tortuga roja destruye su embarcación y lo devuelve a las brillantes orillas de la isla.

El hombre, enojado y rencoroso castiga a la tortuga dejándola morir al sol.

El náufrago no sólo es náufrago por haber perdido su bote, es náufrago de la tierra, a la deriva de un mundo natural que no reconoce como suyo, al que castiga cuando no puede dominar. Al que necesita vencer cuando no se pliega a sus deseos.

Este pequeño hombre mata a la tortuga. Pero al poco tiempo reacciona. No sólo ha matado a una tortuga. Lo que ha hecho es vengarse, maltratar a un ser inocente descargando en él su frustración. Debe reparar el daño intentando reanimar al pobre animal.

Por suerte para los humanos, ella, la naturaleza, no es rencorosa ni vengativa. Del cuerpo de la gran tortuga nacerá una mujer.

Metamorfosis, cambio, transformación. ¿Qué es, sino, al fin y al cabo este mundo?

Mujer y hombre, mar y tierra. Desierto y bosque. Los contrastes son uniones. Continuaciones. Transfiguraciones.

De esta insólita pareja nacerá un niño, que ya no es solo hombre o tortuga, que ya no es arena u oleaje. Un nuevo ser que no necesita la orilla, si no que puede vivir en el entre.

Y en la isla, en la misma isla dónde nuestro náufrago no creía ver nada, dónde no creía que estuviese su lugar, su hogar, en esta misma isla, está su familia.

Aire, agua, fuego, tierra. Todos los elementos perfectamente representados con la sobria paleta de colores que usa Dudok de Wit nos representan este pequeño mundo, símbolo de todo el resto de «islas» que componen este nuestro planeta.

¿Realmente necesitamos huir cual náufragos de nuestra tierra, de nuestro hogar, la naturaleza? Quizás cuando dejemos de construir botes que nos lleven hacia otro destino que creemos mejor seremos capaces de apreciar lo que nos rodea. El sol, los árboles, el mar… el tiempo sin horas ni minutos. La vida, el amor, la amistad, la tolerancia.

Parece como si la sencillez de la vida no fuese para nosotros lo suficientemente bella. Qué gran error el del humano que no se ha cruzado aún con la tortuga roja.

Artículo de Sílvia Esteve

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