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Respondiendo a la llamada del planeta

 

«Hemos alcanzado los océanos más profundos y las montañas más elevadas. Hemos llegado a la Luna y nuestros artefactos han abandonado incluso el sistema solar. Apenas quedan rincones en los que no sea perceptible la huella humana.
Aparentemente, hemos triunfado. Sin embargo, en el camino hemos descuidado nuestro tesoro más valioso: el sentido de conexión, de participación en el cosmos que nos rodea y del que formamos parte.» Antxon Olabe Egaña, Crisis climática-ambiental, la hora de la responsabilidad, pág. 263. Editado por Galaxia Gutenberg

 

Antxon Olabe Egaña, especializado en Economía ambiental por la Universidad de York y colaborador del diario El País, nos trae con su Crisis climática-ambiental, la hora de la responsabilidad una obra que permite al lector conocer tanto la historia de dicha crisis, como sus posibles soluciones.

Lograr esto en poco más de 250 páginas tiene mucho mérito. Parte de este logro consiste en la excelente estructuración del mismo: una primera parte en la que sintetiza la historia de Homo Sapiens; a continuación, nos expone la situación y evolución de la crisis ambiental; y, por último, pero no por ello menos importante, Antxon nos ofrece las posibles soluciones al terrible panorama actual.

Dicen que el hombre tropieza siempre con la misma piedra. A mi modo de ver, esta piedra no deja de ser su ambición, su orgullo y su egoísmo. ¿Pero cuántos tropezones le faltan para caer y ya no levantarse? Viendo el estado de la situación muy pocos.

Como veremos en la primera parte de la obra, nunca ha habido una época dorada de la relación ser humano-entorno. Sí ha habido culturas que han mantenido vínculos más respetuosos y cercanos con la naturaleza, y, de hecho, las tribus o colectividades que han llegado a nuestros días con estilos de vida casi paleolíticos lo han podido hacer gracias a esta visión de comunión con el entorno. Pero como podemos observar con nuestros propios ojos, no fue ésta la tónica general.

Homo Sapiens se expandió por todo el planeta, y se lo apropió, como defiende Olabe.

Quizá si alguien nos hubiese hecho apostar por cuál sería la especie dominante, nadie hubiese dado un euro por ese primate larguirucho. Quizás hubiésemos pensado en la fuerza del león, la inteligencia de las ballenas, la astucia de ciertas aves… Pero no. Fue la especie con menos capacidades extraordinarias, salvo su inteligencia, pero con más capacidad para imitar y tomar del entorno aquello que necesitaba para su supervivencia, la que se impuso.

No siempre el que se salva del barco que se hunde es el héroe. Suele ser el mezquino, pues no le importa nada llevarse por delante a quien sea para salvar el pellejo.

Homo sapiens se ha llevado por delante a casi todo el planeta.

Siguiendo la obra de Olabe, veremos cómo hemos envenenado el mar, el aire, la tierra. Hemos eliminado del planeta miles de especies. Hemos arrancado los bosques de cuajo. Hemos convertido en moneda lo que no tenía precio. Nos hemos apostado nuestro hogar, y lo que es peor, el hogar de otros miles y millones de seres, a la ruleta. Y el juego pinta mal.

Y, como siempre, hemos abierto la ventana, cuando el fuego entraba ya por la puerta.

Gracias también a esta obra podemos conocer los nombres de los que han alzado la voz para decir basta. Aquellos que han dado su vida, por la VIDA. Se han hecho muchos avances, se han cambiado muchas cosas, pero se ha llegado tan lejos en la destrucción, que sabe a poco.

Es hora de ir más allá, de tomar cartas en el asunto a nivel internacional, de crear organismos capaces de censurar las prácticas destructivas, de parar los pies a los lobbies de las energías fósiles. Es la hora de reclamar los derechos de la naturaleza y de hacerlos valer. Olabe apuesta fuerte por la creación de la Organización Mundial del Medio Ambiente, pero no como organismo consultor, sino como uno con suficiente fuerza como para cambiar realmente el panorama actual.

No solo nos sirve ya la poesía, es hora de luchar con la ley en la mano. Darle voz a la primavera, rendirle justicia a nuestro hogar.

Artículo de Silvia Esteve