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Acción y reacción en la lucha por el lobo

 

Vivimos un tiempo lleno de acontecimientos en la defensa del lobo y de la naturaleza, pero para bien o para mal no existe acción sin reacción. Recientemente se aprobó una Proposición no de Ley (PNL) para la protección integral del lobo ibérico, impulsada por Lobo Marley, Ecologistas en Acción y WWF, y la sola existencia de una mayoría parlamentaria favorable a esa PNL ya es una señal de la maduración de nuestra sociedad. Ese cambio hacia una mayor sensibilidad ambiental lleva décadas gestándose, pero cada vez que se manifiesta se escuchan de inmediato voces retrógradas, en este caso las de aquellos que quieren seguir matando lobos. Ellos pronostican un panorama apocalíptico en caso de que se consolide dicha protección, una “profecía” que podemos resumir en 3 puntos:

1.- Se va a arruinar al sector primario

2.- Se va a desencadenar el caos

3.- Se va a acabar con actividades tradicionales que siempre han existido

¿Hemos escuchado antes estos argumentos? Muchas veces, y no sólo aplicados al lobo. Son, por ejemplo, los mismos que se esgrimían a mediados del siglo XIX en Norteamérica para defender la esclavitud. Incluso decían que los esclavos estarían peor si se les liberaba, igual que algunos dicen hoy que el lobo estaría peor si se le dejase de cazar… Lo cierto es que determinados intereses nos están sometiendo a una campaña de manipulación continua, presentando a un sector de negocio privado, la ganadería, como víctima del lobo, y afirmando que para defenderla debemos plegar la normativa de protección de la fauna al dictado de los sindicatos agroganaderos (algo así como encargar a las industrias más contaminantes la redacción de las leyes sobre polución atmosférica).

Foto del web Lobo Marley. Autor: Ángel M. Sánchez

En su afán de seguir con las matanzas, utilizan el odio tradicional y supersticioso contra el lobo, y de paso fomentan un odio igual de irracional contra las personas que lo defienden. Buscan dividir a la sociedad en dos mitades enfrentadas, la “rural” y la “urbanita”, pero lo cierto es que en una democracia todos somos ciudadanos, un continuo de personas que ocupamos una proporción variable de nuestro tiempo en el medio rural o en el urbano, y que dependemos unos de otros.

La protección del lobo es simplemente una demanda social, como demuestran las manifestaciones de los últimos dos años, donde decenas de miles de personas han salido a la calle para hacer suya esa reclamación. Sin embargo, los manipuladores la presentan como ejemplo del afán de los “urbanitas” por aplastar a la población rural, un argumento que daría risa si no fuese un intento, tan ridículo como malintencionado, de balcanizar el campo español. “Os quieren echar de vuestra casa”, se dice para caldear el ambiente, recurriendo a la misma retórica que usaban los defensores del “Toro de la Vega” cada vez que alguien protestaba contra su barbarie.

Los sindicatos ganaderos no son los únicos que se envuelven en la bandera de un pretendido “mundo rural” para que se sigan matando lobos: se les unen los políticos oportunistas y el lobby de la caza de trofeos. Pero la primera víctima de esta conjura está en el campo mismo, y son todas esas personas sensatas y sensibles que intentan vivir y trabajar de una manera más armoniosa con la naturaleza y que se encuentran arrinconadas por el miedo y abandonadas por una administración cómplice de los que destruyen el patrimonio natural.

Imagen del web Lobo Marley

Irónicamente, matar lobos no soluciona el problema de los ataques al ganado, y de hecho está demostrado que lo agrava. A pesar de ello, el lobby de la caza sigue presentándose como defensor de los ganaderos cuando éstos denuncian ataques de lobos, aunque al mismo tiempo no tiene pudor en afirmar ante los conservacionistas que “gracias a la caza hay más lobos que nunca”. ¿Qué hay detrás de esta sonrojante contradicción? Simplemente el afán de perpetuar un pasatiempo sangriento, minoritario y para unos pocos lucrativo, que perjudica al resto de la sociedad y que además despierta un rechazo cada vez más unánime.

Algo tan simple como dar al lobo ibérico el nivel de protección que tienen otros grandes depredadores como el oso, el lince o las aves rapaces, se encuentra hoy frenado por un cóctel de intereses que generan un ruido mediático en el cual detectamos más sofismas que argumentos reales. Pero en Lobo Marley tenemos las ideas claras: siempre consideraremos más importante a un ser vivo, complejo y sintiente como el lobo ibérico que a un montón de palés de madera convertidos en macabras casetas para acribillarlos a traición, una actividad que va incluso contra la ley de caza vigente.

Luchamos por el fin de la matanza de lobos, y ese objetivo no sólo responde a la demanda de la sociedad sino que además contribuirá a crear las condiciones para una modernización mayor, urgente e imprescindible. Y es que no podemos enfrentar los retos del siglo XXI con actitudes del XIX.

Mauricio Antón, Vicepresidente de Lobo Marley

Imagen de portada: Ilustración de Mauricio Antón

Amistades que dejan huella

 

«El lobo llegó sin nombre, y fueron su personalidad y sus acciones las que se lo dieron, no al revés. Además, ¿a cuántos lobos salvajes hemos bautizado en toda nuestra historia? A un puñado por su mala fama, eso seguro, pero a ninguno con cariño y reconocimiento, al menos no en vida. «¿Qué tiene un nombre?», susurraba la Julieta de Shakespeare. «Lo que llamamos «rosa» sería tan fragante con cualquier otro nombre». Quizá podría decirse lo mismo del tocayo salvaje de su amante, siglos más tarde y en un mundo distinto.» pág 208

 

¿Realmente ama el hombre a lo bello? ¿a lo bueno? ¿a lo salvaje? ¿a lo libre? ¿Realmente lo admira? ¿O más bien lo teme? ¿lo envidia? Pocas son las almas valientes que se atreven a querer a aquél que sobresale, que brilla, que emana belleza, bondad, inteligencia. Pocas son las almas que, como Nick Jans y sus compañeros, aman realmente al lobo.

Es más fácil ser adulador de la mediocridad. No le implica a uno sentirse mal, sentirse inferior, sentirse feo o tonto. Sentirse uno entre un montón. Admirar, querer, respetar a lo que sale de esta esfera requiere humildad, requiere corazón.

Nick Jans, nuestro escritor, lo descubre él mismo en su propio camino de vida. De cazador experto, con unos cuantos lobos, osos y otros animales a sus espaldas, pasará a capturar a sus animales con la cámara y con su pluma. Nick reconocerá por fin el crimen que existe detrás de la muerte de sus presas. Rectificar es de sabios, y de humildes.

Ya en su nueva vida, y residiendo con su esposa animalista en la localidad de Juneau, en Alaska, Nick tendrá la inmensa suerte de conocer a Romeo, nuestro protagonista, el gran lobo negro.

Foto de Nick Jans

Un lobo singular, único. Un animal muy sociable que se acercará cada invierno a jugar con los perros de los lugareños, a pasear con ellos y sus humanos. Un lobo que seguirá siendo salvaje, libre, lobo a pesar de compartir incontables horas con perros y humanos. Pero un lobo a quien el amor de sus amigos humanos le concederá un nombre: Romeo.

Romeo, el gran lobo negro, de pelaje brillante, silueta esbelta, sonrisa lupina, aullidos inconfundibles. El lobo que, sin saberlo, cambiará la manera de ver a esta especie por parte de muchos humanos ignorantes.

Malos, traicioneros, peligrosos, hijos del diablo… Romeo y sus danzas en el hielo, sus trotes en el lago, sus miradas bondadosas y fieles, aullaron, y todavía aullan gracias a la obra de Jans, para hacer desvanecer todas las mentiras que se explicaban y explican sobre este precioso y digno animal. Romeo, oh Romeo.

Cazados, perseguidos, maltratados hasta los límites más crueles «los quemaban vivos, los ataban a caballos para poder arrastrarlos hasta morir, les metían anzuelos en la carne que comían o los dejaban libres con la boca y el pene cosidos con alambre» nos explica Nick Jans. ¿El lobo es el peligroso? El diablo en esta historia se hiergue a dos patas y empuña su odio, su vileza y su pequeñez para acabar con un ser del que ni siquiera se tienen casos documentados que nos haya atacado casi nunca. Y aunque así fuera.

Los exterminamos en Yellowstone, los encerramos en zoos, los colgamos muertos en señales de tráfico en España, sí, aquí, en nuestro país. Les ponemos un precio y los vendemos al mejor postor.

Pero por suerte hay quienes alzamos la voz para defenderlos, para contar la verdad sobre estos magníficos animales. Para luchar por ellos, pidiendo que se haga justicia. Humanos valientes que dedican su vida a salvar la de los lobos, la de todos los romeos de nuestras montañas, como lo hizo Félix Rodríguez de la Fuente o como hoy hacen los compañeros de Lobo Marley.

Romeo bajó de las montañas, se acercó a bailar con sus amigos perros y sus humanos. Se acercó, jugándose la vida en cada encuentro, y nos miró sin recelo ni odio, a nosotros, a los humanos, a la especie que ha aniquilado la suya.

Romeo amó a sus amigos, a su manera salvaje, como aman los lobos, sin rencores ni envidias, con su amistad verdadera y libre, hasta el último de sus días.

Foto de Nick Jans

A los que seáis sensibles no tengáis miedo de leer la obra de Jans. No temáis a las lágrimas ni a las sonrisas. Leed esta historia de amistad, una amistad más allá de las especies, más allá de las palabras. Una amistad que se escribió sobre el hielo de los prejuicios, y consiguió derretirlos.

No temas al lobo feroz, al lobo, al lobo. Teme a tu ignorancia, a tu superstición, a tus miedos. Cuando los abandones, quizás un día, con suerte, tengas un amigo libre y salvaje como Romeo, y si no llegas a conocerlo que almenos puedas oír sus aullidos en los bosques.

Lobo Negro, obra de Nick Jans, editado por Errata Naturae en su colección de libros salvajes

Para pedir la protección del lobo en Cataluña

 

Artículo de Silvia Esteve