El problema está en el “ellos”

 

“Pero este ser humano que sólo ve la naturaleza como una fuente de recursos, como un instrumento que sirva a sus deseos, puede convertirse en un ser aún más peligroso. Cuando el ser humano descubre que hay fuerzas de la naturaleza que no puede dominar, animales que no puede domesticar, recursos que no puede controlar, cuando la naturaleza más salvaje se resiste a su poder, e incluso le ataca y le recuerda su fragilidad, el ser humano es capaz de perder todo uso de razón y olvidado ya de obtener de la naturaleza beneficios y provechos, lo único que ansía es la destrucción completa de quien se le haya resistido”

Artículo de Marta Tafalla en De animales y hombres, Studia Philosophica*

 

Puede que sorprenda que los dos documentales de los que hoy haremos el comentario no sean específicamente sobre los otros animales sino sean sobre nuestra propia especie.

No nos sorprenderá tanto si ya los hemos visionado y en ellos hemos reconocido los mismos mecanismos de explotación que seguimos aplicando a las otras especies, y, en 2018, a la nuestra propia.

El problema quizá siempre ha estado en el “ellos”, en la distancia que nos separa del otro. Esa distancia que permite al agresor aprovecharse de tu ser, usarlo o aniquilarlo, ya seas caballo, perro u hombre.  

No sólo lo intentamos con los que no se pueden defender. Nuestra especie ha intentado imponerse a los “otros” aunque contaran con las mismas ventajas a la hora de defenderse, como es el caso de muchas guerras. ¿Pero qué pasa cuando el otro no puede o no quiere defenderse, cuando no entiende el mundo de la misma manera violenta que el atacante?

El abrazo de la serpiente y El botón de nácar nos presentan esta situación.

Empezaremos por El abrazo de la serpiente de Ciro Guerra. Esta ficción construida como un falso documental (la historia es real) nos explica las peripecias de dos científicos occidentales, el primero el alemán Theodor Koch-Grünberg y el segundo el estadounidense Richard Evans Schultes. Koch-Grünberg fue etnólogo y explorador y sus expediciones permitieron conocer a pueblos nativos sudamericanos, en especial aquellos que vivían en la zona amazónica. La expedición que se nos relata en el film es la de 1909. Richard Evans Schultes fue biólogo especialista en botánica y en 1940 se embarcó en la aventura de ir a buscar una planta del caucho capaz de resistir mejor las plagas y las enfermedades, para así poder abastecer al ejército de los EEUU durante la IIGM. Evans sigue los pasos de Koch, quien se sospecha que había dado con esta planta.

Imagen del film «El abrazo de la serpiente». Theodor Koch-Grünberg una de las tribus.

Ambos personajes recorrerán los mismos espacios y tendrán como nexo de unión al indio Karamakate, nativo que ha decidido vivir aislado huyendo tanto de los occidentales como de los propios miembros de su tribu, capturados o seducidos por los extranjeros.

Podríamos entrar en más detalle en la sinopsis e historia real que hay en este film, pero nos centraremos en el triste mensaje que esta ficción nos trae.

Gracias a los dos viajes por la selva amazónica, el de 1909 y el de 1940 podremos observar, como aquél que pisa el terreno de batalla de una guerra, los estragos del colonialismo.

El film nos lleva más allá de lo físico (zonas de selva arrasadas, poblados destruidos, árboles mutilados…), nos lleva al daño que permanece, el moral, el psicológico.

Karamakate recrimina a los dos expedicionarios que ellos han traído el mal a sus tierras, que no respetan nada de la naturaleza, que no la tratan como un ser superior, que no la quieren ni tienen ningún vínculo más que el de explotarla. La figura de Karamakate es confrontada con la de Manduca, el indio nativo ex-esclavo de las caucheras que acompaña a Theodor. Manduca defiende que si no se acercan a los extranjeros y les enseñan el valor de sus tierras y sus pueblos nunca lo aprenderán y seguirán con la misma actitud agresiva.

Educar al colono, huir del colono o enfrentarse al colono… A día de hoy ya hemos visto cómo han acabado la mayoría de tribus y cómo se sigue explotando estas tierras. Aún y los muchos apuntes de estos investigadores no creo que se llegara a forjar un vínculo real con las selvas que estudiaban.

Tanto para Theodor como para Richard, el Amazonas y sus tribus forman parte de lo exótico, lo ajeno. Y aunque ambos personajes chocan con la cruda realidad

Imagen del film «El abrazo de la serpiente» Karamakate

que los explotadores de sus propios países han traído, sobre todo los caucheros y las misiones religiosas, siguen sin poder penetrar ni pertenecer a este mundo que ahora destruyen. Siguen queriendo algo de él, no queriéndolo.

La curiosidad mató al objeto del curioso. El propio Alexander Von Humboldt contribuyó de una manera increíble a la nueva visión sobre la Naturaleza, a su respeto. Pero lo hizo llevándose por delante las vidas de miles de animales que enjauló y secuestró de sus hogares para estudiarlos.

De la misma manera se trató a estas tribus: se explotó sus tierras, se les esclavizó, se les hizo arrodillarse ante un dios que nada se parecía a su serpiente-río. Se les violó.

Y de las tribus del río Amazonas a los pueblos del mar del sur de Chile. El botón de nácar, precioso documental del aclamado director de Nostalgia de la luz, Patricio Guzmán, nos trae, como ya hizo en su primer film, una obra que aúna dos tiempos distintos a través de un elemento natural y a través del dolor de un pueblo. Guzmán vinculará el mar con las tribus costeras del sur de Chile y con los vuelos de la muerte de la dictadura de Pinochet.

Imagen del film «El botón de nácar» Cacería de indígenas.

Pocos conocíamos las historias de las etnias de la Patagonia. Pueblos de navegantes que vivían en comunión con el océano y sus pequeñas islas. Pocos sabíamos cómo llegó su fin. La muerte vino de su propio país, cazadores de nativos recibían recompensas por sus cuerpos, por partes de sus cuerpos.

Y otra vez la cruz de un nuevo dios trajo consigo la crucifixión de sus vidas. Todo lo que conocían les fue prohibido. Les vistieron con ropas que no les pertenecían trayendo con ellas enfermedades que los diezmaron. Les prohibieron hablar sus lenguas. Les prohibieron acercarse al mar.

Pocos de ellos quedan vivos. Pocos que nos puedan contar en su lengua sus viajes, los nombres reales de las islas, las rocas, sus propios nombres.

El problema siempre fue el “ellos”. El que no pertenece a mi grupo, el que es diferente a mí. Aquél a quien no puedo entender. Aquél que ni siquiera necesita abrigo ante el frío o Dios ante la adversidad.

Cuánto miedo a estos pueblos fuertes. Cuánto miedo a estos pueblos que se reconocen temerosos de la naturaleza. Cuánto miedo a los que veneran al mar, al viento, a la montaña. Que respetan sus animales y sus plantas.

Miedo al que reconoces como libre. Miedo a lo que reconoces como libertad.

 

Sílvia Esteve 

*p.148-149, De animales y hombres, Studia Philosophica, ed. Asunción Herrera, Biblioteca Nueva, Ediciones de la Universidad de Oviedo, 2007, Madrid

Imagen de portada: Imagen del documental «El botón de nácar»

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