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‘Sonia y el ladrón de besos’, de Eva D. Island

Una comedia romántica con un toque de ‘Bridget Jones’, ‘Sexo en Nueva York’, las mujeres de Almodóvar y seis perros

Llega el verano y, con él, (algo más de) tiempo libre. Por eso, muchos que aman a los perros se preguntan qué demonios leer. No son pocos los que se preguntan si sería posible leer algo relacionado con perros, pero que tenga también en cuenta otras dimensiones de la vida, como por ejemplo el amor (o su reverso, el desamor), la amistad y temas afines. Posiblemente, si uno o una se encuentra en este grupo de personas, ‘Sonia y el ladrón de besos’ puede ser la obra ideal, por su estilo ‘fresh’ y desenfadado.

La novela narra la historia de Sonia y sus amigas, unas treintañeras que pasean al perro en un ‘pipicán’ (¿deberíamos ahora llamarle área de recreo para perros, en Barcelona?). Todas ellas forman el grupo que se hace llamar las “pipicañeras”, del que Sonia es la gran protagonista. Su historia cambiará dramáticamente cuando conozca a Tripiquilabing, un misterioso chico que caza besos y que fue bróker en el pasado. Las aventuras vienen una detrás de la otra en la búsqueda de un amor imposible que en todo momento va acompañado de investigación y deseo.

Lo curioso de todo esto es que las ‘pipicañeras’ existen de verdad. Son amigas de la autora, que se hace llamar Eva D. Island, aunque este es solo un seudónimo y no su verdadero nombre. Sus amigas pipicañeras han compartido con la autora muchos momentos acompañadas de sus mejores amigos: los perros. Por ello, la autora reconoce que “le han servido de inspiración”. Tanto es así, que algunos fragmentos tienen ápices de realidad que cualquiera que lleve a sus perros por espacios caninos reconocerá fácilmente.

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Donde viven los amigos

 

«Cuando yo tenía seis años vi una vez una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba «Historias Vividas». Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera. (…) Reflexioné mucho entonces sobre las aventuras de la selva y, a mi vez, logré trazar con un lápiz de color mi primer dibujo. (…) Mostré mi obra maestra a las personas grandes y les pregunté si mi dibujo les asustaba. Me contestaron: «¿Por qué habrá de asustar un sombrero?» Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas grandes pudiesen comprender. Siempre necesitan explicaciones. (…) Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. (…) Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones.» Inicio de la obra El principito de Antoine de Saint-Exupéry

 

Por suerte para muchos, Roger Olmos siguió dibujando boas dentro de elefantes, y lo que es más importante siguió viendo en esa representación del sombrero a la boa que se comió al elefante.

«Éste es un libro para que los niños se lo lean a sus padres» nos dice el autor al final de la obra. Tristemente muchos adultos necesitan un intérprete para lograr traducir la empatía, la inocencia, la amistad.

La protagonista de nuestra historia recibe como regalo de su madre un libro de ilustraciones, un «cuento». La madre lo compra, pero la niña lo vive, lo entiende. Una tragedia se cierne sobre nosotros cuando pasamos de aventureros, soñadores, niños a consumidores, realistas, adultos. La tragedia de hacernos mayores.

La pérdida de la infancia (un tesoro del que por desgracia no todos los niños pueden disfrutar) no deja de ser una muerte. La adolescencia, por ello, se convierte en un duelo extraño por aquél niño o niña que un día fuimos. Roger nos lo transmite pintando de gris y negro lo relativo al mundo de los adultos y a pleno color el mundo de la niña.

En el mundo de los colores, de los cuentos, de los sueños, teníamos la suerte de tener unos amigos que, aunque no fuesen de nuestra misma especie, nada impedía que hablásemos con ellos, jugásemos y les quisiéramos con todo nuestro corazón. El idioma universal de la empatía elimina cualquier frontera.

Nuestra protagonista viaja, gracias al libro, a un mundo lleno de animales y seres fantásticos. Se pone su traje de conejo rosa y corre con una única zapatilla por los campos de la imaginación.

Vacas, cerdos, pájaros, peces… Juegan junto a ella.

Interrumpida por su madre, que la llama para cenar, la niña vuelve al mundo real. Donde debe calzarse de nuevo ambas pantuflas. El suelo real suele estar más frío.

Escalón a escalón. Del desván, donde viven sus amigos, a la cocina. Y la cena en el plato. 

La madre ve la «comida»: ya no ve el elefante dentro de la boa. Ve el sombrero.

Este es un libro para que los niños y los que se resisten a dejar de serlo se lo lean a los que olvidaron quiénes fueron. A los que olvidaron a sus amigos.

Roger no nos pide que volvamos a creer en seres fantásticos, nos pide que seamos capaces de volver a «ver» a todos los seres reales que nos rodean.

 

NOTA: Amigos solo se encuentra a la venta aquí 

La obra a estado editada por FAADA en España y Logos Edizioni en Italia

Artículo de Silvia Esteve